Según cuenta una antigua
leyenda hindú, cierto brahmín dicidió regalar algunas de
sus posesiones, en cumplimiento de un sacrificio religioso. Este brahmín
tenía un hijo pequeño, quien observaba a su padre y lo acosaba con
muchas preguntas, hasta que el padre se sintió molesto. Finalmente, el
hijo preguntó: ¿A quién vas a regalarme?. Y el padre replicó
furioso: Te entregaré a la Muerte. Ahora bien, en los tiempos antiguos
se sotenía que cualquier cosa que se dijera tenía que llevarse a
cabo; por lo tanto, el brahmín tuvo que enviar a su hijo a la Muerte de
acuerdo con sus palabras irreflexivamente pronunciadas. Mientras el niño se dirigía
a la casa de la Muerte , prestó atención a lo que muchos maestros tenían que decir
acerca de la muerte y la vida después de la muerte. Cuando llegó a la casa de
la Muerte, encontró que la Muerte se hallaba ausente; de modo que esperó tres
días sin probar alimento alguno, conforme a la antigua costumbre se prohibía comer
en ausencia del anfitrión. Cuando finalmente llegó, la Muerte se disculpó himildemente
por haber mantenido a un brahmín espenado, y como señal de arrepentimiento concedió
al niño la posibilidad de que pidiera tres deseos.
Para el primer deseo,
el niño pidió ser devuelto a la casa de su padre; para su segundo deseo pidió
ser instruido en ciertos ritos ceremoniales. Pero el tercer deseo no fue una petición
sino una pregunta: Dime, Muerte, preguntó, la verdad acerca de la aniquilación.
Según algunos de los maestros a quienes he escuchado en mi camino hacia aquí,
hay aniquilación; otros dicen que hay continuidad. Dime, oh Muerte, ¿qué el lo
verdadero?. No me formules esa pregunta, replicó la Muerte. Pero el niño insistió.
De modo que, en respuesta a la pregunta, la Muerte enseñó al niño el significado
de la inmortalidad. La Muerte no le dijo si hay continuidad, si hay vida después
de la muerte, o si lo que hay es aniquilación. La Muerte le enseñó más bien el
significado de la inmortalidad.
Fuente: ¨Obras completas, el arte
de escuchar. (1933-1967)¨ .